• Steven Neira

Fratelli Tutti: una fraternidad utópica


Con mucho esfuerzo me he leído la encíclica dos veces, y digo con esfuerzo, porque no tenía mayor interés en hacerlo. Desde el inicio no está dirigida al pueblo católico, de hecho, no tiene destinario. Saltándose la forma tradicional de iniciar una encíclica, sin especificar hacia quién va dirigida, se pierde el sentido de lo que una encíclica es. Esto, sin mencionar la continua resistencia a hacer uso de la lengua oficial de la Iglesia desde el siglo III: el latín. Más aún, ya en el prólogo nos avisa que se trata de su opinión particular y no de temas de fe y moral, como corresponde al pastor universal de la Iglesia Católica. Siendo esto así, sigo sin entender, en qué sentido y forma es ésta una encíclica como tal, más allá de que así se lee en el título de este documento.


Una encíclica es una carta circular (de ahí su nombre), destinada a ser difundida en la Iglesia Católica. Un documento que forma parte del magisterio ordinario del Santo Padre, y que, por ende, no está revestido de infalibilidad, lo cual no quiere decir que pueda ser cuestionado con ligereza, pero repito, no es infalible. Es lamentable que en este punto haya que insistir, debido a que cualquier postura que disienta con sus afirmaciones opinables respecto a política y sociedad (más aún, cuando parecen contradecir el Magisterio precedente), son automáticamente tachadas de “soberbias” o “irreverentes”. La Iglesia no es una secta y el Papa no es Dios. Tiene asistencia divina infalible en temas ex cathedra, fuera de lo cual, sus posturas están sujetas a equivocación. Sin dudar por supuesto, que, por su ministerio, posee una gracia de estado única, pero ésta gracia – como muy bien lo enseña el principio teológico – no suple la naturaleza.

En 43000 palabras que posee esta encíclica, hay cero referencias a Dios Padre, seis veces a Jesucristo y cuatro al Espíritu Santo respectivamente, lo cual también nos deja claro que el tema de la encíclica no es en torno a un tema teológico, sino a una opinión político-social particular del Papa. Por otro lado, se persiste en la práctica de la autorreferencialidad que el mismo Papa tanto denuncia, como si no existiera un Magisterio de dos milenios, de manera que el 60% de sus citaciones son sobre él mismo, generando además un grave problema de continuidad respecto a las enseñanzas de la Tradición que le precede.


La utopía de la “fraternidad universal”


Ha quedado claro que el fundamento sobre el que se pretende asentar esta “fraternidad universal” no es la filiación divina del bautismo católico, sino una especie de humanismo que nada tiene que ver con la doctrina de Cristo. Con justa razón la han aplaudido los masones, porque es un eco perfecto de la trilogía masónica libertad-igualdad-fraternidad y del ideal de la Revolución Francesa.


Sin embargo, es importante afirmar que no es posible una fraternidad universal de esta naturaleza, fuera de la gracia y tratando de abolir fronteras y credos. Esto es lo que sostiene la fe de la Iglesia. Que la única fraternidad universal posible es a través de la filiación divina en Cristo, reconociendo a Dios como Padre. ¡Esto es lo que nos hace verdaderamente hermanos! Pretender establecer la fraternidad en torno a la naturaleza caída de Adán, es cerrarse a la realidad de ser nuevas criaturas en Cristo (2Co 5, 17) y, además, contradice el Magisterio que nos afirma una y otra vez, que no es posible establecer un paraíso terrenal.


Luego, el Papa hace uso de la figura de san Francisco de Asís en el episodio de su encuentro con el sultán de Egipto, para fundamentar esta fraternidad en un intento de “abrazar a todos”, y, sin embargo, el pobrecillo de Asís tenía en efecto el anhelo de abrazar a todos, pero en Cristo. Basta leer sus Florecillas para darnos cuenta que el verdadero anhelo de san Francisco era que el sultán renunciara a la herejía del islam, y no un mero encuentro ecuménico, como se nos quiere presentar.


Conflictos doctrinales

Varios desde el inicio de este Pontificado, sin embargo, ésta que es una de las encíclicas más largas que he leído, parece ser el resumen de todo su pensamiento, de todas las entrevistas de avión y de todas las alocuciones públicas, por lo que sólo abordaré lo principal.


a) La propiedad privada

Sobre esto, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ha enseñado una y otra vez, que corresponde no sólo a un derecho inalienable, sino que hunde sus raíces en la ley natural. Sin embargo, el Papa Francisco (citándose a sí mismo, dado que en el Magisterio no encontrará otro soporte), dice textualmente que: “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada (…)”[1], sin embargo, esta afirmación contradice lo señalado en 1891 por el Papa León XIII, en donde dice que: “Debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer (…) se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable.”[2]


Una y otra vez ha sido manifiesta la postura personal del Papa a nivel político, y todos sabemos que es de izquierdas y socialista, pero porqué esta necesidad de dar ocasión a la mayoría de socialismos de Latinoamérica para legitimar sus posturas haciendo uso de sus palabras. Bastante profunda ha sido la miseria que ha traído el socialismo al mundo, como para que debamos soportar una “condecoración” a sus posturas de parte de la Santa Sede.


b) La doctrina de la guerra justa

La enseñanza tradicional de la Iglesia respecto a esto, puede aún leerse en el catecismo, en los numerales 2308 y 2309, en donde se señala que la legítima defensa es un derecho de todos los gobiernos, en la medida en que se han agotado todos los medios posibles para solucionar un conflicto. Y acto seguido, se procede a enumerar los requisitos que deben cumplirse para que esa defensa sea legítima.


Sin embargo, en el numeral 258 de la encíclica Fratelli Tutti, el Papa aduce el riesgo de una interpretación demasiado amplio del Catecismo, por lo que ha considerado que ya no debería ser factible. Es más, puede leerse una cita a pie de página en donde abiertamente manifiesta que está en desacuerdo con San Agustín respecto a este punto, y, por tanto, ya no se va a sostener más en la Iglesia. Traducción: la doctrina de la guerra justa queda abolida de un plumazo. El mismo destino se le reservó a la pena capital, que también fue parte de la enseñanza tradicional de la Iglesia.


c) Denuncias contra el capitalismo

No puedo más que estar de acuerdo con la denuncia contra el capitalismo y el neoliberalismo, puesto que la Iglesia lo ha venido denunciando siempre. Sabrán ustedes que la Iglesia no tiene una postura política partidista de izquierda o de derecha, y así mismo, no favorece un sistema económico más que otro, sino que da lineamientos claros sobre aquello que es justo. Sin embargo, lo que ha sido una espina constante, es que este tipo de denuncias tan claras y concisas, se siguen esperando para los sistemas totalitarios del socialismo del siglo XXI. Se denuncian prácticas económicas y sociales (como las fronteras y muros) de una forma tal, que sólo falta ponerle nombre y apellido: “Donald Trump”. Sin embargo, se ratifica el pacto secreto entre el Vaticano y la China comunista, en donde tantos hermanos nuestros están siendo perseguidos y viven su fe en la clandestinidad. Luego, en todo el Pontificado de Francisco, no ha existido una sola denuncia, por lo menos velada, hacia la miseria en la que el socialismo ha hundido a Venezuela.


¿Tiene el Papa el derecho a tener una postura personal en cuanto a política? ¡Totalmente! Pero de eso a promoverla hay una gran distancia. La Iglesia tiene ya una doctrina social que hunde sus raíces en las exigencias sociales del evangelio de Jesucristo, ajena por completo a cualquier ideología política, económica o filosófica del momento.


d) Un mundo sin fronteras

En el numeral 121 el Papa habla de que nadie puede quedar excluido de los privilegios que otros poseen debido al lugar en que nacieron. Y que, de hecho, “los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla”. Esto es incorrecto, y demuestra que continuaremos en esta línea globalista de un mundo “sin fronteras” que es completamente contraria a la enseñanza de la Iglesia y que desconoce el concepto de ciudadanía. Las fronteras no son sólo importantes sino necesarias. Hagan ustedes la prueba de ir al Vaticano y diríjanse con toda tranquilidad al Palacio Apostólico, directo al comedor para almorzar con los monseñores y prelados, y veamos qué sucede. Nos toparemos inmediatamente con la guardia suiza, que nos mostrará el camino de regreso a la salida. ¿Por qué? ¡Porque hemos cruzado una frontera! Y está bien que así sea, proporcionan seguridad en este mundo, en donde la naturaleza del hombre está lastimada por el pecado original, y, por tanto, el mal es posible.


El postulado de que un extranjero (sea cual fuere su situación de necesidad) debe tener exactamente los mismos derechos que un ciudadano, es sencillamente absurdo y haría imposible la convivencia pacífica de los Estados, además del sentido de su soberanía. El Estado tiene una obligación primero con sus propios ciudadanos, antes que con los demás, a quienes también está llamado a ayudar como parte de la caridad cristiana, lo cual no concluye que deban tener los mismos derechos, el mismo derecho a votar, a tener los mismos beneficios sociales, etc. Es lo que se llama principio de subsidiariedad, y que es propio de la Doctrina Social de la Iglesia.


e) El papel de la ONU

He dejado como último punto el acercamiento que hace el Papa respecto a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Para quienes no lo saben, ésta es la organización que está detrás de los grandes planes de reducción poblacional a través del aborto y la eutanasia, así como también una clara agenda de adoctrinamiento en cuestiones de ideología de género. Teniendo esto claro, es bastante desalentador, que el Papa en el numeral 173 pida explícitamente que ésta Organización no sea deslegitimada. ¿Cómo es posible que el Papa pida “no deslegitimar” a una Organización que busca el aborto y el adoctrinamiento a todo el mundo? Esto, más que una preocupación social parece apuntar a una apología contra Estados Unidos de manera particular, dado que es la única nación que ha tomado esta vía de manera frontal y pública. Y esta lectura que hago, es política, justamente porque esto (que repito, dudo que sea una encíclica como tal) no es otra cosa que un Documento político.

Conclusión

Ésta “encíclica”, como lo dije desde el inicio, no tiene claridad ni hacia quién está dirigida, ni cuál es exactamente la finalidad, sin embargo, lo que me queda claro, es que hay mayor preocupación en que la ONU no quede deslegitimada, a que la Iglesia como tal lo sea. ¿Cuáles son las prioridades aquí? Si esto no es un Documento que hable sobre fe y moral, pues entonces ¿por qué debería interesarme leer una opinión político-social, que entra en conflicto además con el Magisterio de la Iglesia? De repente, ¿debemos ahora abandonar el criterio de san Agustín, de santo Tomás de Aquino y de los Padres de la Iglesia, para adoptar las decisiones de la ONU?


El mundo no necesita un discurso al medioambiente para salvar las crías de ballena o para evitar los plásticos en el océano. El mundo necesita santos, y santos que prediquen el Evangelio de Jesucristo.


Ya lo decía el Cardenal Sarah:

“¡Jesús nos ha dicho que somos la sal de la tierra, no el azúcar del mundo!”[3]

[1] Papa Francisco “Fratelli Tutti”, n. 120, citado la encíclica “Laudato Si”, 2020. [2] Papa León XIII “Rerum Novarum”, n. 11. 1891. [3] Card. Robert Sarah, Se hace tarde y anochece. C. 17. Editorial Palabra, 2020.

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