• Steven Neira

Ante las persecuciones actuales

La Iglesia como Cuerpo está destinada a caminar junto a su Cabeza que es Cristo (1Co 12, 27), y eso implica que se realice verdaderamente aquel anuncio del Señor, de que, así como lo han perseguido a Él también habrán de perseguirnos a nosotros (Jn 15, 20) Esta realidad no ha dejado de cumplirse nunca en la historia de la Iglesia, desde la primera comunidad cristiana que sufrió la persecución de los judíos y del Imperio Romano, pasando por cada ideología y dictadura política que ha visto en la Iglesia un “estorbo” para el avance de sus fines protervos, hasta la actualidad, en donde, los “errores de Rusia” denunciados por Nuestra Señora de Fátima en 1917 (refiriéndose al comunismo) siguen esparciéndose y aunque ya tiene sus años, parece estar lejos aún de desaparecer.


Lo más reciente es la salvaje persecución de la Iglesia en Nicaragua, a manos del gobierno comunista de Daniel Ortega y su consorte, que han dejado como resultado el cierre de emisoras católicas, la quema de algunas iglesias y el acoso y persecución al clero. Esto último ha llevado al reciente secuestro del obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez. Pero basta de contextos… porque la Iglesia ha sido perseguida siempre, y lo seguirá siendo porque es parte intrínseca de su naturaleza por tener a Cristo por Cabeza. A muchos sorprende grandemente el silencio desconcertante de la Santa Sede y particularmente del Papa. Y esto tiene dos formas de abordarse para emitir un juicio: desde el punto de vista político-social o desde el punto de vista religioso-espiritual. Enorme gracia sería que se aborde integralmente en todas las dimensiones, pero sería demasiado pedir en este tiempo y contexto del Vaticano. Por lo que todo apunta a la estrategia político-social.


No he querido centrarme en este análisis porque se necesita mucho más que un artículo de blog, y, además, hay tanta información que desconozco respecto de las consecuencias de decir o hacer una cosa u otra. Además, ésta dura e indeseable tarea le toca al Papa cumplirla, algún día que esperemos no sea tan lejano. Basta con que se dé antes de otro discurso contra la rigidez y la tradición.



Más allá de este silencio papal, la reflexión aquí es otra: ¿somos plenamente conscientes de que la persecución es una situación ineludible para la Iglesia? Lo pregunto porque cada vez son más los movimientos y grupos que pretenden vivir un cristianismo de alegrías efímeras e ideales mundanos, llenando el presbiterio de cartulinas de colores y manualidades simpáticas para reflejar una “juventud alegre” que dista profundamente de la alegría del evangelio. Y esto es un tema a considerar, porque lo que ha ocasionado años de la “nueva evangelización” es una “primavera” de la Iglesia que ha resultado ser un constante ocaso en bautizos, vocaciones, compromiso, fidelidad, etc. De hecho, la consecuencia más desastrosa es una masa de jóvenes totalmente incapaces de discernir adecuadamente la realidad, porque la disciernen a partir del mainstream y no del Magisterio y las Escrituras (que es lo mínimo que se espera de un católico) Y así, tenemos católicos incapaces de anunciar la verdad del evangelio porque temen ofender las sensibilidades ajenas, abandonando en muchos casos la actitud combativa que es tan propia del cristianismo de todos los siglos. En este contexto, ¿será ésta la juventud que aguantará las persecuciones venideras, cuando no son capaces de ser críticos ni con la propia realidad de la Iglesia? O reformulando la cuestión -porque al final, es ésta la pregunta que nos apela a todos: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8) y si la encuentra, ¿fe en qué o en quién?


Una vez terminado el proceso de deconstrucción que ha significado el Camino Sinodal, los enemigos de la Iglesia se encontrarán con un Cuerpo debilitado, desconectado totalmente de sus raíces por haber corrido tras la novedad, con aversión a la tradición y contento con el sincretismo. Y seamos objetivos, la preocupación genuina no debe ser por la Iglesia como tal, que tiene una promesa divina de perennidad (Mt 16, 18-19) y que es conducida por el Espíritu Santo. Aquí la preocupación es por discernir a nivel personal, qué papel jugamos y a quién favorecimos en este tiempo que nos ha tocado vivir. Si fuimos del Ejército de Cristo o si no fuimos más que peones y tontos útiles a los fines e intereses del enemigo, en un tiempo en que se ha puesto en duda hasta de la existencia misma de un enemigo.


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